Hay un gesto que la humanidad nunca olvidó: inclinarse sobre el que sufre. Antes de los libros y de los hospitales hubo una mano tibia sobre una frente ardiente, una abuela que sabía qué hoja hervir y qué palabra decir.
El verdadero sanador es llamado
Entre los mapuches, la machi es señalada desde niña. El dolor fue el modo en que llegó el mandato, y la paz llegó al obedecerlo. Es la misma vocación que en nuestra tierra se hizo humilde en Francisco Sierra, el «Doctor del Agua Fría». Atendía a los que nadie atendía.

Las Manos y la Tierra
El gesto más antiguo del sanador es apoyar las manos. Ya lo consignaba el papiro Ebers, en Egipto, hacia el año 1552 antes de Cristo. En los templos de Esculapio, los griegos acudían a recibir el toque que aliviaba. En los evangelios abundan las curaciones por imposición de manos, y la Iglesia primitiva las consideró parte de su ministerio sagrado, junto a la oración y al agua bendita. Durante siglos se contó que los reyes medievales, como Eduardo el Confesor, aliviaban a los enfermos con su toque. Con el tiempo los hombres se preguntaron qué era lo que pasaba de una mano a un cuerpo. Paracelso habló de un fluido sutil que une a los seres humanos con el cielo. Fludd vio en el aire que respiramos un soplo de vida, como el prana de la India. Y en 1778, Franz Anton Mesmer propuso el «magnetismo animal», un fluido universal que el sanador podía dirigir con las palmas de sus manos, y que también podía confiar al agua. Es justo recordar lo que pasó después. En 1784, una comisión real, con Benjamin Franklin entre sus miembros, examinó a Mesmer y concluyó que el fluido no existía; atribuyó sus resultados a la imaginación y a la imitación, aunque no negó que los pacientes mejoraran. Otra comisión, en 1831, fue más favorable, pero el descrédito ya estaba echado. La pregunta quedó abierta: si el fluido no es lo que Mesmer creyó, ¿qué es lo que alivia? Quizá lo que alivia sea la presencia misma, la atención sagrada de un ser humano sobre otro.


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